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5.11.12

Aproximaciones con teoría política a una galaxia muy lejana

(Publicado originalmente en la revista Opción, año XXVII, núm. 147, ITAM, México, diciembre 2007. En coautoría con José Luis Muñoz Gill.)

APROXIMACIONES CON TEORÍA POLÍTICA A UNA GALAXIA MUY LEJANA:
ANÁLISIS DE STAR WARS: LA VENGANZA DE LOS SITH
Por José Eduardo Romero Ramírez y José Luis Muñoz Gill

Agradecemos las sugerencias y comentarios del Dr. Eric Herrán Salvatti para el presente texto.


Toda teoría que pueda aplicarse incluso a lo más trivial –como a menudo se ha calificado a la cultura pop- creemos es una buena teoría. Así, la teoría política puede usarse para analizar cosas que pudieran parecerían simples como una película. Pero Star Wars, por ejemplo, está tan salpicada de situaciones a las cuales también se les puede aplicar teoría política que casi podríamos asegurar que fue diseñada para eso. Por principio, debemos recordar que el autor de la obra, George Lucas, utilizó muchas ideas provenientes de la antropología, la sociología y la filosofía, por lo cual un análisis a partir de la teoría política no resulta del todo extraño, Aunque en realidad, todos los estudios de esa naturaleza han analizado los elementos presentes en la película desde una perspectiva comparativa, es decir, se ha realizado una búsqueda de elementos filosóficos, mitológicos y antropológicos procedentes de “nuestra realidad” e insertados en ese mundo de ficción que es Star Wars. Sin embargo, al parecer nunca se ha intentado dejar de lado el hecho ficticio de esta pieza cinematográfica para poner énfasis en el juego y la dimensión del poder presentes en la historia. Eso es lo que pretendemos analizar en el presente texto. Desde luego, es mera ficción, pero no por ello menos interesante para escudriñar algunas proposiciones teóricas sobre el poder. De hecho, la importancia se intensifica si tomamos como punto de partida lo mencionado anteriormente: Star Wars es un elemento de esa cultura pop que ha ido compenetrándose entre la población de todo el orbe.

Contexto para aquellos, todavía más lejanos de la galaxia de Star Wars

Una lucha milenaria se ha dado entre Jedi y Sith, los representantes de los lados claro y oscuro de la Fuerza (poder divino de la galaxia donde sucede la historia), respectivamente. La “derrota” de los Sith consistió en que su número se redujera a un maestro y un aprendiz; sin embargo, estos esperaban el momento idóneo para hacerse del poder. Los Jedi, manteniendo un discurso “desinteresado y generoso”, cedieron el gobierno a los civiles, pero se hicieron del organismo ejecutor de la justicia, como guardianes de la paz. Así, pasó mucho tiempo hasta que llegara Palpatine –quien dentro de la orden Sith lleva el nombre de Darth Sidious- y se inmiscuyera en la política galáctica con el fin de, subrepticiamente, hacerse del poder absoluto en la galaxia y así elevar la posición de su orden. Primero, como senador, logra el apoyo del Senado para convertirse en Supremo Canciller, tras un conflicto en su planeta que termina beneficiándolo, después de un voto de no confianza a su antecesor. Más tarde, cerca de terminar su mandato, acontecen problemas en la galaxia que derivarán en las Guerras Clónicas, por lo que el Senado le otorga poderes extraordinarios, manteniéndolo en su cargo más allá del período legal. Finalmente, en este episodio de la saga, al término de las Guerras Clónicas y tras un supuesto atentado de los Jedi, Palpatine alcanza su objetivo y constituye el Imperio Galáctico, con él como emperador, para “salvaguardar el orden y la seguridad de la sociedad”.

Anakin Skywalker es uno de los Jedi mejor dotados de la orden y, al menos, el que promete más (según una profecía, él será quien traiga equilibrio a la Fuerza, entre los lados claro y oscuro). Como necesita un nuevo aprendiz y, sobre todo, alguien que le garantice la victoria final de los Sith, Palpatine seduce a Anakin para que se sume al lado oscuro de la Fuerza. Palpatine conoce las debilidades de Anakin, sus sentimientos encontrados hacia ciertos preceptos de la orden de Jedi (como la “no posesión” y el desinterés por la gloria) y su afán de poder. Con todo esto en mente, Palpatine dedica años a ganarse la confianza de Anakin, aconsejándole cómo llevar a buen rumbo sus planes, convirtiéndose en el factor decisivo de la destrucción final de la orden Jedi. Anakin Skywalker se convierte finalmente en Darth Vader, la mano ejecutora del emperador y, según las previsiones de este mismo, el heredero del legado imperial.  

A pesar de que Obi-Wan Kenobi es el maestro de Anakin Skywalker, hacia el final de este episodio, ambos se baten en un duelo fatal. En él se enfrentan las dos partes de la gran obra galáctica: República contra Imperio, Bien contra Mal. Y, como si los grises no existieran, cada parte está decidida a que las cosas sean tal como uno u otro quiere. Los Jedi desean acabar con los Sith y salvar su orden, mientras que éstos pretenden dar la embestida final a lo Jedi y hacerse, por fin, del poder absoluto, pues saben que mientras haya Jedi habrá un contrapeso verdadero a su poder (claro, desde su perspectiva, cosa en la que profundizaremos más adelante). De cualquier forma, también la cuestión constitucional es importante, pues ambas partes creen que su posición es la correcta. Por un lado, la República democrática se considera la opción ideal pues pugna por las libertades propias de los seres que habitan en ese universo; por el otro lado, el Imperio esgrime como ventaja el orden, la seguridad y la paz para una galaxia caótica. Al final de cuentas, lo interesante es cómo ambas partes están convencidas de la fuerza y la supremacía de sus posturas, al grado de que de ninguna manera están dispuestos a aceptar la coexistencia en esa galaxia muy, muy lejana.


El problema de la autolimitación del pluralismo

Durante su implementación en los Estados modernos, el sistema democrático ha sufrido múltiples obstáculos, destacando entre ellos el pluralismo, entendiendo éste como el reconocimiento y el permiso a la organización, expresión y difusión de distintas opiniones, ideologías, concepciones e intereses. La democracia ha enfrentado serias dificultades para lograr una coexistencia pacífica y duradera entre la pluralidad; de hecho, la coexistencia que la democracia supone no siempre se puede lograr. Una sociedad plural siempre parece ser el escenario ideal para que un interés intente sobreponerse a otro, dominar a los demás. Es decir, los mismos grupos representan una amenaza a la pluralidad, llegando incluso a propiciar un conflicto bélico. Es ese problema en particular el que genera debates sobre la viabilidad de la democracia. Y, al parecer, las propuestas de solución para los problemas emanados del pluralismo a menudo son respuestas antiliberales.

Soluciones antiliberales para el pluralismo de una galaxia muy lejana

Pareciera ser que el complicado pluralismo (ya no digamos de un país o un planeta, sino de toda una galaxia) y sus consecuencias bélicas, claramente manifestadas en las guerras clónicas, pudieran tener como respuesta posturas antiliberales. Una muestra de ello es, de hecho, el paso de una república –que fracasa en su intento de conciliar diversos intereses- a un imperio que pretende dar unidad, orden y seguridad a una galaxia conflictiva. Por eso, el análisis teórico que aquí planteamos esta cimentado en teóricos antiliberales. Desde Carl Schmitt encontramos una postura crítica hacia el liberalismo como un agente resolutivo para los problemas del pluralismo. Por eso, al final de cuentas, dicho teórico terminará prefiriendo una democracia antiliberal y su interés será el parlamentarismo, no como forma de gobierno, sino como sistema político en el que se desarrolla el estado democrático-liberal. Pero se da cuenta que entre la democracia de masas que observa y el liberalismo no existen coincidencias conceptuales: “aparece la contradicción, y ya no puede pasar inadvertida la diferencia entre las ideas parlamentarias liberales y las ideas de la democracia de masas”.[1]   Schmitt habla de dos principios esenciales para el parlamentarismo –y el liberalismo-: la discusión, como un medio útil que provee un punto de equilibrio y contentamiento con sus resultados, y la publicidad, que implica una noción de lo bueno y correcto en la intención de rendir cuentas. Schmitt encuentra desviaciones de estos principios en el contexto que observa, resumiéndolas en el hecho de que se priorizan los procesos sobre los conceptos.[2] Por esto, las razones que validaban esta ideología como adecuada para dirimir el pluralismo terminan por no ser útiles para ello. Ahora bien, Schmitt destaca el que en una democracia de masas se busca una homogeneidad, en el sentido de identidad, Esta identidad es lo que vendrá a contraponerse al liberalismo, pues lo político busca una identidad global, la cual sí se obtiene a través de la democracia pero no a través del liberalismo pues, como él argumenta, éste no opera y crea nuevos disensos. Además, como Weber, Schmitt cree que el político es quien debe estar ahí (no necesariamente muchos saben mejor que uno la voluntad del “demos”), pero se necesita una conexión con la comunidad, que viene a ser esta democracia de masas. Así, en la disyuntiva entre liberalismo o democracia que propone Schmitt, él termina por decidirse por una democracia (antiliberal, por consecuencia) en la que no se provoquen esas grandes desigualdades sociales y se encuentre una opción para la solución del pluralismo.

El conflicto institucional en Star Wars: ¿Un imperio “democrático” para los tiempos de las guerras clónicas?

Carl Schmitt plantea las diferencias entre parlamentarismo como sistema político y parlamentarismo como forma de gobierno. Es particularmente relevante que para él la discusión y publicidad del parlamentarismo choquen con la democracia. Así pues, en el parlamentarismo surgen problemas por privilegiar el proceso de deliberación para llegar a puntos de equilibrio, a consensos, como una conciencia de que a partir de la deliberación se llega a un resultado racional. Sin embargo, él afirma que una fe absoluta en el diálogo sería nociva, pues ésta no tiene nada que ver con la democracia de masas. Se tiene que saber con quién se tiene que dialogar, es decir, hay gente que está en condiciones de deliberar sobre lo político. De esta manera, Schmitt habrá de concluir que representación es interpretación y que, a final de cuentas, en los órganos deliberativos las decisiones son tomadas por pequeñas facciones en el poder. Aquí cabe la idea de Palpatine como “dictador de facto” antes de convertirse en emperador, so pretexto de la necesidad de más poderes para poder conducir a la República en las Guerras Clónicas, hasta autoproclamarse emperador para “salvaguardar el orden y la seguridad de la sociedad”. Con Schmitt en mente, se podría argumentar que como buen político, representativo además, interpreta que la “voluntad de la gente” es que, luego de una larga guerra civil, finalmente haya orden y seguridad en una galaxia caótica. Por esto, todo el cuerpo deliberativo del Senado Galáctico termina por aceptar con “atronador aplauso” el cambio constitucional de República a Imperio.

            Escena: Palpatine se declara emperador

Palpatine: Para asegurar su seguridad y su estabilidad continúa, la República       
Debe ser reorganizada ¡y convertida en el primer Imperio Galáctico! ¡Para así tener una sociedad estable y segura! (Aplausos del Senado.)
Padmé: Con que así es como muere la libertad. Con un aplauso atronador.                   

Para Schmitt, no necesariamente será más democrática la deliberación de quinientas personas frente a la decisión de una sola, pues, ¿quién dice que una asamblea puede captar mejor que una sola persona la “voluntad general”?

Si se concede el derecho de voto, en una extensión cada vez más amplia, a un número creciente de personas, es ello síntoma del afán por conseguir la identidad entre Estado y pueblo, basándose en una determinada opinión sobre las condiciones bajo las cuales se supone esta identidad como real (…) Todos los argumentos democráticos se basan en una serie de identidades. (...) Pero estas identidades no son una realidad palpable, sino que meramente, se basan en el reconocimiento de tal identidad.[3]

En cierta forma, Schmitt cree que la educación democrática conduce a la dictadura. Entonces se desarrolla el antiguo programa de la educación del pueblo: es posible, con una adecuada educación, llevar al pueblo al punto que reconozca correctamente su propia voluntad y se exprese correctamente. Esto significa en la práctica que el educador identifica por lo pronto su propia voluntad con la del pueblo; y no hablemos del hecho de que lo que los deseos del alumno estarán determinados igualmente por el educador. La consecuencia de esta doctrina de la educación es la dictadura, la suspensión de la democracia en nombre de la democracia verdadera que hay que crear. Esto disuelve, a nivel teórico, la democracia; pero es importante prestar atención a este fenómeno, ya que demuestra que la dictadura no es lo contrario a la democracia. También durante el período transitorio regido por el dictador puede imperar la identidad democrática y tener sólo importancia la voluntad del pueblo.[4]

Así las cosas, pareciera que para el teórico Carl Schmitt la posibilidad de que el supremo canciller Palpatine se convierta en emperador hacia el final de este episodio de la saga es muy viable, dadas las condiciones convulsas de una galaxia enfrascada en una cruenta guerra civil (aunque a punto de salir de ella). De hecho, nos atreveríamos a decir que, apoyados en lo propuesto por Schmitt, Palpatine está siendo “democrático” al autonombrarse emperador. Primero, se está justificando a través de la aprobación del cuerpo deliberativo que es el Senado, donde un “atronador aplauso” acaba con la libertad, pero eso sí, “democráticamente” (seguramente, toda desconfianza de Schmitt hacia el “parlamentarismo” quedaría evidenciada en este mero acto). Segundo, y quizás más importante: Palpatine está reconociendo el llamado a la paz de toda la galaxia; es entonces que la “identidad democrática” recae en él cuando, llamando a reestablecer el orden y la seguridad, conforma el Imperio Galáctico, que no sería otra cosa sino una respuesta institucional en sintonía con la voluntad del pueblo. Por supuesto, para Schmitt este acto estaría inmerso en la “verdadera” democracia.

El poder del discurso en Star Wars: Jedi vs. Sith

Aun cuando el conflicto institucional está patente en la historia de esta saga cinematográfica, hay una dimensión de poder que no puede ser captada en este conflicto. Esto da, de hecho, la razón a Michel Foucault y su propuesta en torno al poder como una acción que subyace a toda la red social, fundamentalmente en el establecimiento de discursos y la aceptación generalizada y tácita de éstos en la sociedad. El establecimiento de un “poder y contrapoder” a través de la milenaria lucha entre las filosofías Jedi y Sith, se vuelve fundamental en la historia de Star Wars, siendo dicha lucha el hilo conductor en todas las películas de la saga y el cual alcanza su clímax (reflexivo y creemos, filosófico) en La venganza de los Sith. No detenernos al mero análisis de la dimensión de poder institucional tiene sus razones, pues el problema con la visión política liberal (y, su respuesta antiliberal schmittiana para este caso), como claramente dice Eric Herrán, “es que ésta suscita, en última instancia, un tipo de análisis del poder que es intrínsecamente incapaz de trascender los límites del Estado y las instituciones gubernamentales”.[5]

Al plantear Foucault en su teoría la posibilidad de ver la parte positiva-creativa del poder, entendemos que el momento máximo del poder es la “subjetivización”[6], a la cual se llega a través de la creación de un campo de discurso. En nuestro ejemplo, el amplio concepto de poder sería La Fuerza, cuyos argumentos de poder-contrapoder son sus lados claro y oscuro de La Fuerza; el mismo poder que los subjetiviza les da las identidades que van a asumir como propias. Así, en esta teoría se puede advertir el conflicto –solamente discursivo para Foucault- entre el bien y el mal en la galaxia, los lados claro y oscuro de La Fuerza; respectivamente. De tal forma que la relación de poder es confusa y habría que intentar definirla. ¿Son los  Jedi el poder en función del cual hacen su vida los Sith? ¿O son los Sith, desde el momento en que revelaron que aún existían, los poderosos a quienes los Jedi intentan destruir a toda costa para que no se hagan del poder? Éstas serían preguntas vitales del cuestionamiento foucaultiano, nos parece.

Escena: En la Ópera

Palpatine: Acuérdate de tus primeras enseñanzas. Todos los que adquieren poder temen perderlo. Incluso los Jedi.
Anakin:       Los Jedi usan su poder para el bien.
Palpatine:  El bien es un punto de vista, Anakin, los Sith y los Jedi son similares en casi todos los sentidos, incluyendo su búsqueda por un poder mayor.
Anakin:       Los Sith confían en su pasión para adquirir su fuerza. Piensan hacia adentro, sólo en sí mismos.
Palpatine: ¿Y los Jedi no?

La necesidad de un poder que tenga una resistencia[7] (contrapoder) en la práctica (pues el poder está asociado a la práctica, a los fenómenos de dominación) es clara en el conflicto de los Jedi contra los Sith, pues “el poder es por y en sí mismo una relación”.[8] Y, quizás, la relevancia de una victoria milenaria de los Jedi es la que terminó por consolidar un discurso favorable a éstos, que ha permeado a través de toda la sociedad galáctica. De hecho, los términos valorativos morales, por decirlo de alguna forma, lo son en función de la filosofía Jedi. Es más, es tal su capacidad de hacer valer “su discurso” que, finalmente, son ellos quienes se encargan de la paz en la galaxia; es decir, constituyen el órgano judicial por excelencia en todos los planetas. ¿Qué otra forma de hacer manifiesta la dominación de su discurso? Sin embargo, como también notaría Foucault, la gran guerra civil –el momento caótico que vive la galaxia- se presenta como el momento en que un cambio de discurso (desde el mismo ámbito del poder, pues de éste nunca se sale) es factible. Por lo tanto, cuando Palpatine logra que Anakin cuestione su “discurso inicial” es un momento nodal; en èl vemos la redimensión del conflicto. De esta forma, en términos de lo antes dicho respecto a las instituciones, la victoria de los Sith resultaría, de cierto modo, total. En La venganza de los Sith, Palpatine se hace del poder tanto en la dimensión institucional como en la discursiva.

Escena:  Combate entre Obi-Wan Kenobi y Anakin Skwalker

Kenobi:   Te fallé, Anakin. Yo te fallé
Anakin:    Debí haber sabido que los Jedi darían un gran golpe.
Kenobi:    ¡Anakin, el canciller Palpatine es malvado!
Anakin:    Desde mi punto de vista, los Jedi son malvados.
Kenobi:    ¡Entonces estás perdido! ¡Tú eras el Elegido ¡Tú ibas a destruir a los Sith, no a unirte a ellos! ¡Ibas a traer equilibrio a la Fuerza, no a dejarla en la oscuridad!
Anakin:    ¡Te odio!

El balance de la Fuerza como “el final del discurso”

Finalmente, queremos mencionar el énfasis que se hace en dar “balance a la Fuerza”, frase que implica acabar con los bandos en la ella, con el conflicto Jedi-Sith, pero esto sería imposible, pues para Foucault la dimensión discursiva del poder no puede cesar. De hecho, cualquier discurso que se proclame como conciliador, que ponga fin al “eterno conflicto” entre los Jedi y Sith, para Foucault sería ya un nuevo discurso de poder. Como ya lo mencionamos, en el pensamiento de este teórico el poder está en todas las relaciones sociales, es algo de lo que no se puede huir ni salir; el poder está en todos lados. Una pretensión como la de la profecía de “El Elegido”, que traerá equilibrio a la Fuerza, es una pretensión imposible, porque simple y llanamente el poder no puede desaparecer. Al intentar proclamar un “balance de la Fuerza” (en el caso de una victoria sobre el conflicto), ese discurso se convertiría en el discurso de poder, para el cual inevitablemente surgiría algún otro discurso de contrapoder.

Escena:      Discusión Skywalker-Kenobi

Kenobi:    Permitiste que ese lord oscuro te envenenara la mente hasta convertirte en la misma cosa que habías jurado destruir.
Anakin:     No me des sermones, Obi-Wan. No me engañan las mentiras de los Jedi.
                     Yo no le temo al lado oscuro como tú.
                     He traído paz, libertad, justicia y seguridad a mi nuevo imperio.
Kenobi:      ¿Tu nuevo imperio?
Anakin:       No me obligues a matarte.
Kenobi:      Anakin, yo le debo mi lealtad a la República.
                     ¡A la democracia!
Anakin:       Si no estás conmigo, entonces eres mi enemigo.
Kenobi:      Sólo un Sith piensa en absolutos.
                     Haré lo que debo hacer.
Anakin:       Tratarás…

Aquí queda claramente asentado: el poder nunca termina. Kenobi lo cierra bien al decirle a Skywalker que sólo los Sith hablan en absolutos. ¿No es eso ya un absoluto? Así es, porque, en realidad, diría Foucault, el discurso del poder está en todas partes; creer que los Sith hablan en absolutos es ya un absoluto. Puede dar la vuelta, transformarse, surgir uno nuevo, pero el discurso del poder (cualquier poder) es insuperable. Entonces, nunca habrá “balance de la Fuerza”.


[1] Carl Schmitt, Sobre el parlamentarismo, Madrid, Tecnos, 1996, pp. 4-5.
[2] En el caso de la discusión, se valora el hecho mismo de la discusión pero no el concepto que de ella proceda; no hay un compromiso neto. En el caso de la publicidad, se valora el rendimiento de cuentas, mas no la cuestión sobre la que se están rindiendo cuentas. Véase Carl Schmitt, “Prefacio” en Sobre el parlamentarismo, op. cit., pp. 8-10; así como los apartados “Discusión pública” y “La publicidad” en el capítulo “Los principios del parlamentarismo” en el mismo libro.
[3] Schmitt, op. cit., p. 34.
[4] Schmitt, op. cit., p. 36
[5] Eric Herrán, Fragmentos de teoría política, México, Ediciones Coyoacán, 2000, p. 45.
[6] Michel Foucault, “El sujeto y el poder”, en Discurso, poder y subjetividad, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1995, p. 70.
[7] Foucault, op. cit., p. 168
[8] Herrán, op. cit., p. 46. Las cursivas son del mismo autor.