(Publicado originalmente en la revista Opción, año XXVII, núm. 147, ITAM, México, diciembre 2007. En coautoría con José Luis Muñoz Gill.)
APROXIMACIONES
CON TEORÍA POLÍTICA A UNA GALAXIA MUY LEJANA:
ANÁLISIS
DE STAR WARS: LA VENGANZA DE LOS SITH
Por José Eduardo Romero Ramírez y José Luis Muñoz Gill
Agradecemos las sugerencias y comentarios del Dr. Eric Herrán Salvatti para el presente texto.
Toda teoría
que pueda aplicarse incluso a lo más trivial –como a menudo se ha calificado a
la cultura pop- creemos es una buena teoría. Así, la teoría política puede
usarse para analizar cosas que pudieran parecerían simples como una película.
Pero Star Wars, por ejemplo, está tan
salpicada de situaciones a las cuales también se les puede aplicar teoría
política que casi podríamos asegurar que fue diseñada para eso. Por principio,
debemos recordar que el autor de la obra, George Lucas, utilizó muchas ideas
provenientes de la antropología, la sociología y la filosofía, por lo cual un
análisis a partir de la teoría política no resulta del todo extraño, Aunque en
realidad, todos los estudios de esa naturaleza han analizado los elementos
presentes en la película desde una perspectiva comparativa, es decir, se ha
realizado una búsqueda de elementos filosóficos, mitológicos y antropológicos
procedentes de “nuestra realidad” e insertados en ese mundo de ficción que es Star Wars. Sin embargo, al parecer nunca
se ha intentado dejar de lado el hecho ficticio de esta pieza cinematográfica
para poner énfasis en el juego y la dimensión del poder presentes en la historia.
Eso es lo que pretendemos analizar en el presente texto. Desde luego, es mera
ficción, pero no por ello menos interesante para escudriñar algunas
proposiciones teóricas sobre el poder. De hecho, la importancia se intensifica
si tomamos como punto de partida lo mencionado anteriormente: Star Wars es un elemento de esa cultura
pop que ha ido compenetrándose entre la población de todo el orbe.
Contexto para aquellos, todavía más lejanos de la
galaxia de Star Wars
Una lucha
milenaria se ha dado entre Jedi y Sith, los representantes de los lados claro y
oscuro de la Fuerza
(poder divino de la galaxia donde sucede la historia), respectivamente. La
“derrota” de los Sith consistió en que su número se redujera a un maestro y un
aprendiz; sin embargo, estos esperaban el momento idóneo para hacerse del
poder. Los Jedi, manteniendo un discurso “desinteresado y generoso”, cedieron
el gobierno a los civiles, pero se hicieron del organismo ejecutor de la
justicia, como guardianes de la paz. Así, pasó mucho tiempo hasta que llegara
Palpatine –quien dentro de la orden Sith lleva el nombre de Darth Sidious- y se
inmiscuyera en la política galáctica con el fin de, subrepticiamente, hacerse
del poder absoluto en la galaxia y así elevar la posición de su orden. Primero,
como senador, logra el apoyo del Senado para convertirse en Supremo Canciller,
tras un conflicto en su planeta que termina beneficiándolo, después de un voto
de no confianza a su antecesor. Más tarde, cerca de terminar su mandato, acontecen
problemas en la galaxia que derivarán en las Guerras Clónicas, por lo que el Senado le otorga poderes
extraordinarios, manteniéndolo en su cargo más allá del período legal.
Finalmente, en este episodio de la saga, al término de las Guerras Clónicas y tras un supuesto atentado de los Jedi, Palpatine
alcanza su objetivo y constituye el Imperio Galáctico, con él como emperador,
para “salvaguardar el orden y la seguridad de la sociedad”.
Anakin
Skywalker es uno de los Jedi mejor dotados de la orden y, al menos, el que
promete más (según una profecía, él será quien traiga equilibrio a la Fuerza, entre los lados
claro y oscuro). Como necesita un nuevo aprendiz y, sobre todo, alguien que le
garantice la victoria final de los Sith, Palpatine seduce a Anakin para que se
sume al lado oscuro de la
Fuerza. Palpatine conoce las debilidades de Anakin, sus
sentimientos encontrados hacia ciertos preceptos de la orden de Jedi (como la
“no posesión” y el desinterés por la gloria) y su afán de poder. Con todo esto
en mente, Palpatine dedica años a ganarse la confianza de Anakin, aconsejándole
cómo llevar a buen rumbo sus planes, convirtiéndose en el factor decisivo de la
destrucción final de la orden Jedi. Anakin Skywalker se convierte finalmente en
Darth Vader, la mano ejecutora del emperador y, según las previsiones de este
mismo, el heredero del legado imperial.
A pesar de que
Obi-Wan Kenobi es el maestro de Anakin Skywalker, hacia el final de este
episodio, ambos se baten en un duelo fatal. En él se enfrentan las dos partes
de la gran obra galáctica: República contra Imperio, Bien contra Mal. Y, como
si los grises no existieran, cada parte está decidida a que las cosas sean tal
como uno u otro quiere. Los Jedi desean acabar con los Sith y salvar su orden, mientras que éstos pretenden dar la embestida final a lo Jedi y hacerse, por
fin, del poder absoluto, pues saben que mientras haya Jedi habrá un contrapeso
verdadero a su poder (claro, desde su perspectiva, cosa en la que
profundizaremos más adelante). De cualquier forma, también la cuestión constitucional
es importante, pues ambas partes creen que su posición es la correcta. Por un
lado, la República
democrática se considera la opción ideal pues pugna por las libertades propias
de los seres que habitan en ese universo; por el otro lado, el Imperio esgrime
como ventaja el orden, la seguridad y la paz para una galaxia caótica. Al final
de cuentas, lo interesante es cómo ambas partes están convencidas de la fuerza
y la supremacía de sus posturas, al grado de que de ninguna manera están
dispuestos a aceptar la coexistencia en esa galaxia muy, muy lejana.
El problema de la autolimitación del pluralismo
Durante su
implementación en los Estados modernos, el sistema democrático ha sufrido
múltiples obstáculos, destacando entre ellos el pluralismo, entendiendo éste
como el reconocimiento y el permiso a la organización, expresión y difusión de
distintas opiniones, ideologías, concepciones e intereses. La democracia ha
enfrentado serias dificultades para lograr una coexistencia pacífica y duradera
entre la pluralidad; de hecho, la coexistencia que la democracia supone no
siempre se puede lograr. Una sociedad plural siempre parece ser el escenario
ideal para que un interés intente sobreponerse a otro, dominar a los demás. Es
decir, los mismos grupos representan una amenaza a la pluralidad, llegando
incluso a propiciar un conflicto bélico. Es ese problema en particular el que
genera debates sobre la viabilidad de la democracia. Y, al parecer, las
propuestas de solución para los problemas emanados del pluralismo a menudo son
respuestas antiliberales.
Soluciones antiliberales para el pluralismo de una
galaxia muy lejana
Pareciera ser
que el complicado pluralismo (ya no digamos de un país o un planeta, sino de
toda una galaxia) y sus consecuencias bélicas, claramente manifestadas en las guerras clónicas, pudieran tener como
respuesta posturas antiliberales. Una muestra de ello es, de hecho, el paso de
una república –que fracasa en su intento de conciliar diversos intereses- a un
imperio que pretende dar unidad, orden y seguridad a una galaxia conflictiva.
Por eso, el análisis teórico que aquí planteamos esta cimentado en teóricos
antiliberales. Desde Carl Schmitt encontramos una postura crítica hacia el
liberalismo como un agente resolutivo para los problemas del pluralismo. Por
eso, al final de cuentas, dicho teórico terminará prefiriendo una democracia
antiliberal y su interés será el parlamentarismo, no como forma de gobierno,
sino como sistema político en el que se desarrolla el estado
democrático-liberal. Pero se da cuenta que entre la democracia de masas que
observa y el liberalismo no existen coincidencias conceptuales: “aparece la
contradicción, y ya no puede pasar inadvertida la diferencia entre las ideas
parlamentarias liberales y las ideas de la democracia de masas”.[1] Schmitt habla de dos principios esenciales
para el parlamentarismo –y el liberalismo-: la discusión, como un medio útil
que provee un punto de equilibrio y contentamiento con sus resultados, y la
publicidad, que implica una noción de lo bueno y correcto en la intención de
rendir cuentas. Schmitt encuentra desviaciones de estos principios en el
contexto que observa, resumiéndolas en el hecho de que se priorizan los
procesos sobre los conceptos.[2] Por
esto, las razones que validaban esta ideología como adecuada para dirimir el
pluralismo terminan por no ser útiles para ello. Ahora bien, Schmitt destaca el
que en una democracia de masas se busca una homogeneidad, en el sentido de
identidad, Esta identidad es lo que vendrá a contraponerse al liberalismo, pues
lo político busca una identidad global, la cual sí se obtiene a través de la
democracia pero no a través del liberalismo pues, como él argumenta, éste no
opera y crea nuevos disensos. Además, como Weber, Schmitt cree que el político
es quien debe estar ahí (no necesariamente muchos saben mejor que uno la
voluntad del “demos”), pero se necesita una conexión con la comunidad, que
viene a ser esta democracia de masas. Así, en la disyuntiva entre liberalismo o
democracia que propone Schmitt, él termina por decidirse por una democracia
(antiliberal, por consecuencia) en la que no se provoquen esas grandes
desigualdades sociales y se encuentre una opción para la solución del
pluralismo.
El conflicto institucional en Star Wars: ¿Un imperio “democrático” para los tiempos de las
guerras clónicas?
Carl Schmitt
plantea las diferencias entre parlamentarismo como sistema político y
parlamentarismo como forma de gobierno. Es particularmente relevante que para
él la discusión y publicidad del parlamentarismo choquen con la democracia. Así
pues, en el parlamentarismo surgen problemas por privilegiar el proceso de
deliberación para llegar a puntos de equilibrio, a consensos, como una
conciencia de que a partir de la deliberación se llega a un resultado racional.
Sin embargo, él afirma que una fe absoluta en el diálogo sería nociva, pues
ésta no tiene nada que ver con la democracia de masas. Se tiene que saber con
quién se tiene que dialogar, es decir,
hay gente que está en condiciones de deliberar sobre lo político. De esta
manera, Schmitt habrá de concluir que representación es interpretación y que, a
final de cuentas, en los órganos deliberativos las decisiones son tomadas por
pequeñas facciones en el poder. Aquí cabe la idea de Palpatine como “dictador de
facto” antes de convertirse en emperador, so pretexto de la necesidad de más
poderes para poder conducir a la
República en las Guerras Clónicas, hasta autoproclamarse emperador para “salvaguardar el
orden y la seguridad de la sociedad”. Con Schmitt en mente, se podría
argumentar que como buen político, representativo además, interpreta que la
“voluntad de la gente” es que, luego de una larga guerra civil, finalmente haya
orden y seguridad en una galaxia caótica. Por esto, todo el cuerpo deliberativo
del Senado Galáctico termina por aceptar con “atronador aplauso” el cambio
constitucional de República a Imperio.
Escena:
Palpatine se declara emperador
Palpatine: Para asegurar su seguridad y su estabilidad continúa, la República
Debe
ser reorganizada ¡y convertida en el
primer Imperio Galáctico! ¡Para así tener una sociedad estable y segura! (Aplausos
del Senado.)
Padmé: Con que así es como muere la libertad. Con un aplauso
atronador.
Para Schmitt,
no necesariamente será más democrática la deliberación de quinientas personas
frente a la decisión de una sola, pues, ¿quién dice que una asamblea puede
captar mejor que una sola persona la “voluntad general”?
Si se concede
el derecho de voto, en una extensión cada vez más amplia, a un número creciente
de personas, es ello síntoma del afán por conseguir la identidad entre Estado y
pueblo, basándose en una determinada opinión sobre las condiciones bajo las
cuales se supone esta identidad como real (…) Todos los
argumentos democráticos se basan en una serie de identidades. (...) Pero estas
identidades no son una realidad palpable, sino que meramente, se basan en el reconocimiento
de tal identidad.[3]
En cierta
forma, Schmitt cree que la educación democrática conduce a la dictadura. Entonces
se desarrolla el antiguo programa de la educación del pueblo: es posible, con
una adecuada educación, llevar al pueblo al punto que reconozca correctamente
su propia voluntad y se exprese correctamente. Esto significa en la práctica
que el educador identifica por lo pronto su propia voluntad con la del pueblo;
y no hablemos del hecho de que lo que los deseos del alumno estarán
determinados igualmente por el educador. La consecuencia de esta doctrina de la
educación es la dictadura, la suspensión de la democracia en nombre de la
democracia verdadera que hay que crear. Esto disuelve, a nivel teórico, la
democracia; pero es importante prestar atención a este fenómeno, ya que
demuestra que la dictadura no es lo contrario a la democracia. También durante
el período transitorio regido por el dictador puede imperar la identidad
democrática y tener sólo importancia la voluntad del pueblo.[4]
Así las cosas,
pareciera que para el teórico Carl Schmitt la posibilidad de que el supremo
canciller Palpatine se convierta en emperador hacia el final de este episodio
de la saga es muy viable, dadas las condiciones convulsas de una galaxia
enfrascada en una cruenta guerra civil (aunque a punto de salir de ella). De
hecho, nos atreveríamos a decir que, apoyados en lo propuesto por Schmitt,
Palpatine está siendo “democrático” al autonombrarse emperador. Primero, se
está justificando a través de la aprobación del cuerpo deliberativo que es el Senado,
donde un “atronador aplauso” acaba con la libertad, pero eso sí, “democráticamente”
(seguramente, toda desconfianza de Schmitt hacia el “parlamentarismo” quedaría
evidenciada en este mero acto). Segundo, y quizás más importante: Palpatine
está reconociendo el llamado a la paz de toda la galaxia; es entonces que la
“identidad democrática” recae en él cuando, llamando a reestablecer el orden y
la seguridad, conforma el Imperio Galáctico, que no sería otra cosa sino una
respuesta institucional en sintonía con la voluntad del pueblo. Por supuesto,
para Schmitt este acto estaría inmerso en la “verdadera” democracia.
El poder del discurso en Star Wars: Jedi vs. Sith
Aun cuando el
conflicto institucional está patente en la historia de esta saga
cinematográfica, hay una dimensión de poder que no puede ser captada en este
conflicto. Esto da, de hecho, la razón a Michel Foucault y su propuesta en
torno al poder como una acción que subyace a toda la red social,
fundamentalmente en el establecimiento de discursos y la aceptación
generalizada y tácita de éstos en la sociedad. El establecimiento de un “poder
y contrapoder” a través de la milenaria lucha entre las filosofías Jedi y Sith,
se vuelve fundamental en la historia de Star
Wars, siendo dicha lucha el hilo conductor en todas las películas de la
saga y el cual alcanza su clímax (reflexivo y creemos, filosófico) en La venganza de los Sith. No detenernos
al mero análisis de la dimensión de poder institucional tiene sus razones, pues
el problema con la visión política liberal (y, su respuesta antiliberal
schmittiana para este caso), como claramente dice Eric Herrán, “es que ésta
suscita, en última instancia, un tipo de análisis del poder que es
intrínsecamente incapaz de trascender los límites del Estado y las instituciones
gubernamentales”.[5]
Al plantear
Foucault en su teoría la posibilidad de ver la parte positiva-creativa del
poder, entendemos que el momento máximo del poder es la “subjetivización”[6], a la
cual se llega a través de la creación de un campo de discurso. En nuestro
ejemplo, el amplio concepto de poder sería La Fuerza,
cuyos argumentos de poder-contrapoder son sus lados claro y oscuro de La Fuerza; el mismo poder que los
subjetiviza les da las identidades que van a asumir como propias. Así, en esta
teoría se puede advertir el conflicto –solamente discursivo para Foucault-
entre el bien y el mal en la galaxia, los lados claro y oscuro de La Fuerza;
respectivamente. De tal forma que la relación de poder es confusa y habría que
intentar definirla. ¿Son los Jedi el
poder en función del cual hacen su vida los Sith? ¿O son los Sith, desde el
momento en que revelaron que aún existían, los poderosos a quienes los Jedi
intentan destruir a toda costa para que no se hagan del poder? Éstas serían
preguntas vitales del cuestionamiento foucaultiano, nos parece.
Escena: En la
Ópera
Palpatine: Acuérdate de tus primeras enseñanzas. Todos los
que adquieren poder temen perderlo. Incluso los Jedi.
Anakin: Los Jedi usan su poder para el bien.
Palpatine: El bien es un punto de vista, Anakin, los Sith
y los Jedi son similares en casi todos los sentidos, incluyendo su búsqueda por
un poder mayor.
Anakin: Los Sith confían en su pasión para adquirir su fuerza.
Piensan hacia adentro, sólo en sí mismos.
Palpatine: ¿Y los Jedi no?
La necesidad
de un poder que tenga una resistencia[7]
(contrapoder) en la práctica (pues el poder está asociado a la práctica, a los
fenómenos de dominación) es clara en el conflicto de los Jedi contra los Sith,
pues “el poder es por y en sí mismo una relación”.[8] Y,
quizás, la relevancia de una victoria milenaria de los Jedi es la que terminó por consolidar un discurso favorable a éstos,
que ha permeado a través de toda la sociedad galáctica. De hecho, los términos
valorativos morales, por decirlo de alguna forma, lo son en función de la
filosofía Jedi. Es más, es tal su capacidad de hacer valer “su discurso” que,
finalmente, son ellos quienes se encargan de la paz en la galaxia; es decir,
constituyen el órgano judicial por excelencia en todos los planetas. ¿Qué otra
forma de hacer manifiesta la dominación de su discurso? Sin embargo, como
también notaría Foucault, la gran guerra civil –el momento caótico que vive la
galaxia- se presenta como el momento en que un cambio de discurso (desde el
mismo ámbito del poder, pues de éste nunca se sale) es factible. Por lo tanto,
cuando Palpatine logra que Anakin cuestione su “discurso inicial” es un momento
nodal; en èl vemos la redimensión del conflicto. De esta forma, en términos de
lo antes dicho respecto a las instituciones, la victoria de los Sith
resultaría, de cierto modo, total. En La
venganza de los Sith, Palpatine se hace del poder tanto en la dimensión
institucional como en la discursiva.
Escena: Combate entre Obi-Wan Kenobi y Anakin
Skwalker
Kenobi: Te fallé,
Anakin. Yo te fallé
Anakin: Debí haber
sabido que los Jedi darían un gran golpe.
Kenobi: ¡Anakin, el
canciller Palpatine es malvado!
Anakin: Desde mi
punto de vista, los Jedi son malvados.
Kenobi: ¡Entonces
estás perdido! ¡Tú eras el Elegido ¡Tú ibas a destruir a los Sith, no a unirte a ellos! ¡Ibas a traer equilibrio a la Fuerza, no a dejarla en
la oscuridad!
Anakin: ¡Te odio!
El
balance de la Fuerza
como “el final del discurso”
Finalmente, queremos mencionar el énfasis que se hace
en dar “balance a la Fuerza”,
frase que implica acabar con los bandos en la ella, con el conflicto Jedi-Sith,
pero esto sería imposible, pues para Foucault la dimensión discursiva del poder
no puede cesar. De hecho, cualquier discurso que se proclame como conciliador,
que ponga fin al “eterno conflicto” entre los Jedi y Sith, para Foucault sería
ya un nuevo discurso de poder. Como ya lo mencionamos, en el pensamiento de
este teórico el poder está en todas las relaciones sociales, es algo de lo que
no se puede huir ni salir; el poder está en todos lados. Una pretensión como la
de la profecía de “El Elegido”, que traerá equilibrio a la Fuerza, es una pretensión
imposible, porque simple y llanamente el poder no puede desaparecer. Al
intentar proclamar un “balance de la
Fuerza” (en el caso de una victoria sobre el conflicto), ese
discurso se convertiría en el discurso de poder, para el cual inevitablemente
surgiría algún otro discurso de contrapoder.
Escena: Discusión Skywalker-Kenobi
Kenobi: Permitiste
que ese lord oscuro te envenenara la mente
hasta convertirte en la misma cosa que habías jurado destruir.
Anakin: No me des
sermones, Obi-Wan. No me engañan
las mentiras de los Jedi.
Yo no le temo al lado
oscuro como tú.
He traído paz, libertad,
justicia y seguridad a mi nuevo imperio.
Kenobi: ¿Tu nuevo
imperio?
Anakin: No me obligues
a matarte.
Kenobi: Anakin, yo le
debo mi lealtad a la
República.
¡A la democracia!
Anakin: Si no estás
conmigo, entonces eres mi enemigo.
Kenobi: Sólo un Sith
piensa en absolutos.
Haré lo que debo hacer.
Anakin: Tratarás…
Aquí queda
claramente asentado: el poder nunca termina. Kenobi lo cierra bien al decirle a
Skywalker que sólo los Sith hablan en absolutos. ¿No es eso ya un absoluto? Así
es, porque, en realidad, diría Foucault, el discurso del poder está en todas
partes; creer que los Sith hablan en absolutos es ya un absoluto. Puede dar la
vuelta, transformarse, surgir uno nuevo, pero el discurso del poder (cualquier
poder) es insuperable. Entonces, nunca habrá “balance de la Fuerza”.
[2] En el caso de la discusión, se valora
el hecho mismo de la discusión pero no el concepto que de ella proceda; no hay
un compromiso neto. En el caso de la publicidad, se valora el rendimiento de
cuentas, mas no la cuestión sobre la que se están rindiendo cuentas. Véase Carl
Schmitt, “Prefacio” en Sobre el
parlamentarismo, op. cit., pp.
8-10; así como los apartados “Discusión pública” y “La publicidad” en el
capítulo “Los principios del parlamentarismo” en el mismo libro.
[6] Michel Foucault, “El sujeto y el poder”, en Discurso, poder y subjetividad, Buenos
Aires, El Cielo por Asalto, 1995, p. 70.
