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25.10.12

Mexicanos excepcionales


(Publicado originalmente en la revista Opción, año XXVII, núm. 142, ITAM, México, marzo 2007.)


MEXICANOS EXCEPCIONALES: sobre los mitos de la cultura política de México


Grandes plumas intentaron delinear y explicar, a lo largo del siglo XX, ese ente abstracto que es “el mexicano”. Intentando aglutinar toda esa complejidad que somos como mexicanos, se lanzaron, en estudios filosóficos (algunos de ellos, sin duda, cargados de elementos sociológicos y antropológicos, con los que se pretendía dar un carácter más científico a sus ideas), a intentar mostrar la “verdadera identidad” del mexicano.[1] Y aunque, efectivamente, fueran grandes esas plumas, en muchos casos lo imaginado sobre los mexicanos no nos decía mucho de la realidad, no había forma de sostener claramente esa creatividad a lo que somos en los hechos. En algunos casos, la inclusión de estudios empíricos condujo a respuestas contrarias; en otros, ciertamente, llevó a reforzar las ideas generadas en abstracto.

Como inicio, se debe esclarecer qué sería un mito en la realidad mexicana. Una de las acepciones que se da a la palabra mito es la de “una cosa rodeada de extraordinaria estima”. En este sentido, diversas situaciones y características vistas en el comportamiento de los mexicanos se tomaban como una definición prácticamente inapelable e ineludible de lo que somos como individuos y, más aún, como colectividad. En tantas búsquedas de los mexicanos, expresadas en los intereses de los intelectuales, estaba implícita una intensa búsqueda de la identidad (quizás proveniente del mismo origen de la sociedad mexicana, como un “encuentro entre dos mundos”). Desde luego, la identidad no necesariamente debe ser unívoca, unidireccional y total. La identidad puede abarcar diversas perspectivas, opiniones, ideologías, tradiciones, cosmovisiones. Sin embargo, de alguna manera, siempre ha sido más fácil simplificar la realidad y abordarla con absolutismos de todo tipo. En este caso, pareciera que para las instituciones políticas del siglo XX era particularmente importante abordar a la sociedad mexicana como una unidad. Primero con la dictadura de Porfirio Díaz, después con el sistema de partido hegemónico encabezado por el PRI.

Como buena dictadura, el porfiriato buscaba sostener su posición a través de una filosofía que le diera cierto orden y justificación al régimen, y que lo apoyara a generar unidad entre los mexicanos: el positivismo. El PNR-PRM-PRI, como expresión política de los vencedores de la Revolución Mexicana, también quiso hallar una explicación ideológica que aglutinara a la sociedad mexicana, así como él mismo pretendió hacer al convertirse en un “gran paraguas” que abarca a todos. Para ambos gobiernos, la necesidad de un factor de unidad en los mexicanos parece, de cierto modo, muy relevante. Por lo pronto dejaré de lado este debate y me enfocaré a notar las diferencias entre las visiones filosóficas del siglo XX con las visiones empíricas de finales del siglo XX e inicios del XXI. No obstante, dejo esta contextualización histórica como una posible explicación a los ensayistas del siglo XX de cómo estos intelectuales pretendieron abordar la realidad mexicana.

En una reseña que hace Federico Reyes Heroles sobre el trabajo de Enrique Alduncín, o Los valores de los mexicanos, afirma que la postura asumida en contra la época del porfiriato y el positivismo influyó en una actitud antiempírica a lo largo del siglo XX.[2] Ante esto, pareciera que finalmente se nos abren los ojos y acudimos directamente a la fuente, es decir, preguntamos a quienes conforman al “mexicano”. Así, Reyes Heroles dice de la obra de Alduncín (y yo me atrevería a extenderlo a todas las explicaciones empíricas sobre cultura política realizadas hasta la fecha):

La primera aportación es luchar contra la tradición antiempírica. La segunda aportación, que rompe con una cultura autoritaria, es la de preguntar a los hombres y mujeres de este país sobre ellos mismos. Pero esas preguntas heréticas y sus respuestas en porcentajes se enfrentan por ello a uno de los grandes lastres nacionales. Me refiero a la mitología mexicana.[3]

Coincido en esto con Reyes Heroles, aún cuando sus conclusiones, en esta misma reseña se hayan quedado imbuidas por otro gran mito en México, que a la postre habría de confirmarse: el paso a la modernidad en nuestro país. Sin embargo, bien cierto es que, gracias a los estudios empíricos basados en encuestas, se tira el mito de algún carácter unificador en los mexicanos, mostrando que la única realidad en el país es la de la pluralidad. Ese ente que llamamos “el mexicano” es demasiado complejo como para reducirse a una sola cosa.

Un ejemplo de la postura antipositivista es el de Antonio Caso, quien desde la década de 1920 advierte la falta de cohesión y homogeneidad en los mexicanos, en contraste con el afán unificador de las teorías positivistas (uno de cuyos representantes es José Vasconcelos, quien lleva a tal punto su propuesta universalista y sintética que propone la figura de una “raza cósmica”). No obstante, para Antonio Caso, la falta de homogeneidad en la cultura del mexicano es preocupante e indeseable, sobre todo porque, ante ella, la democracia jamás tendrá cimiento en la sociedad mexicana. Así que, al final de cuentas, Caso deja ver una aspiración a la unidad de identidad en “el mexicano”, en este caso para el fortalecimiento (o, mejor dicho, el surgimiento real) de las instituciones democráticas.

Así, en la búsqueda de la identidad del “mexicano”, nos podemos topar con ideas recurrentes en los autores. Entre ellas está la cerrazón del mexicano (en varios sentidos), la cual era una de las características más señaladas en los trabajos filosóficos del siglo XX, como un interesante factor para la excepcionalidad del caso mexicano. Así, quizás, se justificaban los sistemas políticos que vivió nuestro país, desde la dictadura porfirista hasta el autoritarismo del sistema de partido hegemónico.

No era raro toparse con ideas como la del indio prácticamente insensible o el mestizo cauteloso con la exposición de sus sentimientos, que esgrimía el filósofo positivista Ezequiel Chávez a principios del siglo pasado. O “Las máscaras de la hipocresía” de Rodolfo Usigli. Y la que quizás sea la más conocida: la proposición de Octavio Paz en El laberinto de la soledad, donde “el mexicano” parece relacionarse en una cultura de “lo abierto y lo cerrado”. El análisis que hace Paz de la palabra “chingar” y su significado en torno a lo abierto es particularmente relevante para entender por qué la aberración del “mexicano” a abrirse.[4] En cierto sentido, propone Paz, quien se abre (en sentimientos, en este caso, aunque aborde también desde otros puntos el asunto) termina perdiendo su dignidad y, llevado el extremo, su identidad de “mexicano” (como podría entenderse su apertura a otra cultura, en el caso del “pachuco”).

En fin, estos autores dieron distintas respuestas o salidas a la cerrazón del “mexicano”, casi siempre concernientes a los excesos de la fiesta o de hechos inesperados. Por citar algunos ejemplos, Julio Guerrero aborda la explosión de las “pasiones mexicanas” en los excesos del alcohol, Jorge Portilla nos habla de la “filosofía del relajo”, Octavio Paz de la Fiesta o la Muerte. Así, el “mexicano” logra liberarse de toda la atadura y ser tal cual es, mostrando su verdadero “yo”, siendo y no fingiendo. Ante situaciones específicas y, se podría decir, aisladas, “el mexicano” se libera. Pero éstas eran únicamente las apreciaciones abstractas y al aire de varios pensadores que, aunque coincidían entre sí, no tenían un fundamento empírico, que pudiera considerase estrictamente científico y fundado en la realidad.

La llegada a México de las encuestas independientes, a fines del siglo XX, como instrumento fundamental para la investigación sobre opinión pública, se convierte en una especie de desafío para el sistema político dominado por el PRI. Evidentemente, ante este ambiente de un partido hegemónico amenazado por las condiciones reales de una incipiente pluralidad a finales de la década de 1980, era de esperarse que todo aquello que atentara contra esa hegemonía no sólo fuera visto con recelo sino que sería combatido. En un principio, la función de las encuestas se encaminó básicamente a conocer el comportamiento electoral en nuestro país. Pero, la llegada de teorías de opinión pública que hablan de un cambio generacional y de valores sirvió para analizar el caso mexicano desde una óptica más “realista”, por tener una verificación empírica y más “aterrizable” en los hechos.

Ronald Inglehart propuso en su obra Modernization and Postmodernization una diferenciación entre los valores modernos (materiales) y los valores posmodernos (no materiales, como la libertad). Este autor dice que el paso a la modernidad es lo que se busca en las sociedades preindustriales, a través de la industrialización, la secularización, la urbanización, entre otros. En este mundo moderno, la autoridad recae, esencialmente, en el Estado. En la posmodernidad, que no es sino producto de cierta seguridad económica, se tiene un interés en el “bienestar” del individuo, desde lo subjetivo (como libertades, democracia, participación). Además la autoridad para a ser el individuo y se enfoca en los asuntos de éste. Así, Inglehart, al hacer el análisis sobre cuarenta y tres sociedades, se encuentra con cambios generacionales con respecto a los aspectos valorativos. Creo que aquí hay un punto relevante para el debate sobre la investigación de opinión pública: en el uso mayoritario de encuestas, principalmente.

Supongo que este vuelco hacia lo posmoderno en las naciones desarrolladas, con su inherente afán individualista, permitiría justificar el uso mayoritario de encuestas en la investigación de opinión pública. ¿Por qué? Porque al tener un instrumento como la entrevista se puede captar mejor ese “bienestar” en las culturas posmodernas, cuya composición recae en el individuo. Todo esto va de la mano de una lógica que supone a la opinión pública como la agregación de opiniones individuales.

Alejandro Moreno, quien enarbola una posición empírica para recabar datos sobre la cultura política mexicana, a través del uso de encuestas, es un autor que se ha dedicado a desentrañar los valores de los mexicanos y la cultura política en México en los últimos años. En su El volante mexicano vemos que a menudo la obtención de estos datos ofrece reflejos inquietantes de la realidad. Así, podemos ver que las encuestas nos muestran una sociedad que tiende a la democracia (en diversos sentidos) y que la alternancia política ayuda a fortalecer esta tendencia. Por supuesto, esto implica mayores libertades para los mexicanos, en comparación con unas décadas antes. Sin embargo, Moreno señala que “ante tal libertad y ante tal sentido de responsabilidad, han resurgido los miedos y el deseo de reafirmar la identidad propia”.[5]  Dentro de toda esta felicidad, surge la inseguridad y, con ello, renacen los sentimientos nacionalistas y, como era de esperarse, las desconfianzas. También nos demuestra que, aunque el mexicano valore mucho la democracia, su tasa de satisfacción respecto a ésta es una de las más bajas comparativamente. Por otro lado, podemos ver que la intolerancia aún domina a gran parte de la sociedad mexicana. La mayoría de los mexicanos dicen estar de acuerdo con la existencia de ideas distintas, pero también opinan que sería mejor una homogeneidad en ellas. Situaciones contradictorias, directo de la experiencia real.

Después, Moreno actualiza el análisis de los valores de los mexicanos a principios del siglo XXI. De hecho, continúa el trabajo iniciado por Alduncín, mencionado líneas antes, en la serie de Los valores de los mexicanos. En este tomo titulado Nuestros valores, Moreno tira por la borda el último de los grandes mitos de la cultura política mexicana, que en mi opinión representa la entrada a la modernidad en México.[6] El hecho es que, de alguna manera, aun cuando “el mexicano” le da mayor valor a características posmodernas como la libertad, no se ha liberado (¿o será exorcizado para algunos?) de muchas de sus añejas tradiciones. En mucha variables, el “mexicano” ha vuelto a posiciones más tradicionalistas, auque también, por otro lado, poco a poco se vuelve más tolerante. Como dice Moreno, “hacia la modernidad y de regreso”, haciendo una referencia a las proposiciones que se enunciaban en los primeros tomos de la serie los valores de los mexicanos, encabezados por Alduncín. Todo su argumento en este libro, me parece queda muy bien resumido en el siguiente párrafo:

El cambio de valores que han experimentado los mexicanos durante los últimos veinte años apunta, como se ha mostrado en este libro, hacia el reencuentro con el nacionalismo en una era de globalización, hacia el resurgimiento de la espiritualidad en un mundo que se diversifica, hacia el replanteamiento de la deferencia en un país que transitó del autoritarismo a la democracia y, sobre todo, el gradual reemplazo de una cultura de supervivencia por una cultura de expresión propia y de aprecio por la libertad de elegir.[7]

La libertad, quizás muy ansiada, que vinieron a encontrar los mexicanos es el punto de cambio en sus valores. Al parecer, tras encontrarse con que su libertad les permite decidir sobre sus propias vidas –política, social o culturalmente- los mexicanos no están dispuestos a ceder un ápice de lo ganado. En el valor que le da a la libertad, “el mexicano” de principio del siglo XXI muestra su realidad “posmoderna”, en el sentido expuesto por Inglehart. Desde luego, buscan la seguridad “en casa” retornando a lo tradicional (el retorno a la espiritualidad, la deferencia por la autoridad, el nacionalismo, entre otros), pero la libertad ganada no la devuelven, más bien la ensalzan, la glorifican. ¿Será acaso que la “mitifican”?

Me parece que en el pensamiento de Carlos Fuentes, otro de esos intelectuales inquietos con la búsqueda del “mexicano” ya había algunos atisbos sobre la inminente importancia que habría detener la libertad, cuando en 1971 publica “Tiempo mexicano”:

Esta profunda inquietud acerca de su propia libertad –acerca de su necesidad y de su libertad probables- es lo que hace de México un país peligroso, un país apasionado. A fin de descubrirlo sin engaños, México –como una calavera de Posada, como un monstruo de Cuevas- tiene que saltar con un grito desgarrante de la orilla de la necesidad a la orilla de la libertad: libertad política, cultural, personal, económica.[8]

Así las cosas, los estudios empíricos a través de encuestas nos han permitido captar, directamente de las personas y sus hechos, la realidad valorativa del “mexicano”. Pero no un “mexicano” homogéneo, en todo caso, simplemente, mayorías valorativas entre los mexicanos. Lo cual es significativamente distinto y acaba con el mito unificador, afirmando, por el contrario, la realidad plural de nuestro país. En estas mayorías valorativas, encontramos, gracias a la obra de Moreno, la existencia de un “mito” en el mexicano, entendido como lo decíamos en un principio, una característica sostenida en alta estima: la libertad. Para 1981, 34 por ciento de los entrevistados decían sentir mucha libertad para elegir y control sobre su vida. Para 2003, 59 por ciento así lo consideran.[9]

Es importante mencionar que al parecer, la “cerrazón del mexicano” persiste. Seguimos siendo, en perspectiva comparada, una de las sociedades más desconfiadas y con menor capacidad de generar capital social. El porcentaje que dice poder confiar en la mayoría de la gente, en 2003, es de 10 por ciento.[10] Y, como decían algunos autores filosóficos del siglo pasado, la confianza sólo se genera en la familia.

Noventa y ocho por ciento de los entrevistados consideran muy importante el aspecto familiar.[11] Estos dos puntos, entonces, se podrían ver reafirmados gracias a los estudios empíricos, dando parcialmente la razón a los intelectuales del siglo XX en sus aproximaciones al “mexicano”. Parcialmente, pues no hay un “mexicano” como tal, algo que se han confirmado los ejercicios basados en encuestas. En el mejor de los casos, hay mayorías que sustentan ciertas posiciones valorativas-culturales, mas no es posible imaginar una “homogeneidad nacional” en los valores y actitudes de los mexicanos.

Supongo que, al final de cuentas, los estudios empíricos basados en encuestas, nos han ayudado a ver cuáles de aquellos mitos, de aquellas ideas que pudieran ser sobredimensionadas, presentes en los autores del siglo XX, son en realidad eso, mitos. O si, por otra parte, en realidad se ajustan a la realidad de los mexicanos y pueden considerarse verdaderas características “míticas” del “mexicano”. Cabe aclarar que, en todo caso, son “míticas”, para las mayorías, no de una forma unánime y universalistas que pueda darle una forma única a algún “ente mexicano”. Esas características “míticas”, ideas con alta estima y compartidas por las mayorías, quizás definitorias en varios temas, son, como hemos expuesto en este texto, la libertad y la cerrazón. Y, por supuesto, la conciencia que se logra a partir de los ejercicios de encuestas –la única de la que podemos estar seguros, por decirlo de alguna manera- es la de la pluralidad mexicana. Así pues, un “mito” derrocado es la existencia de un ente que aglutine y logre la homogeneidad de todos los mexicanos. Sobrevive, como  hecho, la pluralidad mexicana. Quizás la respuesta a esta pluralidad está en la inclusión y la tolerancia. Llevada más allá, dicha respuesta debiera ser la unión de la innegable necesidad de empirismo con la capacidad imaginativa de los primeros ensayistas sobre “lo mexicano” del siglo XX. Desde mi punto de vista, la reconciliación y la complementariedad que puedan lograr ambas corrientes, para sortear mutuamente sus fallas, sería una magnífica aportación a la búsqueda del “mexicano”. Mejor aún, dados los descubrimientos empíricos, la búsqueda de “los mexicanos”.


[1] Para una selección de varios textos al respecto, véase Roger Bartra (selección y prólogo), Anatomía del mexicano, Random House-Mondadori, México, 2005 (De Bolsillo).
[2] Federico Reyes Heroles, “Los valores de los mexicanos”, Vuelta, núm. 214, septiembre de 1994, p. 48.
[3] Federico Reyes Heroles, op. cit., p. 49
[4] Octavio Paz, El laberinto de la soledad, 11ª ed. (edición de Enrico Mario Santí), Cátedra, Madrid, 2003, pp. 211-217.
[5] Alejandro Moreno, El votante mexicano: Democracia, actitudes políticas y conducta electoral, FCE, México, 2003, p. 222.
[6] Alejandro Moreno, Nuestros valores. Los mexicanos en México y Estados Unidos al inicio del siglo XXI; t. VI, Los valores de los mexicanos, División de Estudios Económicos y Sociopolíticos Grupo Financiero Banamex, Colección Banco Nacional de México, México, 2005.
[7] Alejandro Moreno, Nuestros valores, op. cit., p. 173.
[8] Carlos Fuentes, “Tiempo mexicano”, en Roger Bartra (selección y prólogo), Anatomía del mexicano, op. cit., p. 258.
[9] Alejandro Moreno, Nuestros valores, op. cit., p. 64.
[10] Ibidem, p. 145.
[11] Ibidem, p. 158.