(Publicado originalmente en la revista Opción, año XXVII, núm. 142, ITAM, México, marzo 2007.)
MEXICANOS EXCEPCIONALES: sobre los mitos de la
cultura política de México
Grandes plumas intentaron delinear y explicar,
a lo largo del siglo XX, ese ente abstracto que es “el mexicano”. Intentando
aglutinar toda esa complejidad que somos como mexicanos, se lanzaron, en
estudios filosóficos (algunos de ellos, sin duda, cargados de elementos
sociológicos y antropológicos, con los que se pretendía dar un carácter más
científico a sus ideas), a intentar mostrar la “verdadera identidad” del
mexicano.[1] Y aunque,
efectivamente, fueran grandes esas plumas, en muchos casos lo imaginado sobre
los mexicanos no nos decía mucho de la realidad, no había forma de sostener
claramente esa creatividad a lo que somos en los hechos. En algunos casos, la
inclusión de estudios empíricos condujo a respuestas contrarias; en otros,
ciertamente, llevó a reforzar las ideas generadas en abstracto.
Como inicio, se debe esclarecer qué sería un
mito en la realidad mexicana. Una de las acepciones que se da a la palabra mito
es la de “una cosa rodeada de extraordinaria estima”. En este sentido, diversas
situaciones y características vistas en el comportamiento de los mexicanos se
tomaban como una definición prácticamente inapelable e ineludible de lo que
somos como individuos y, más aún, como colectividad. En tantas búsquedas de los
mexicanos, expresadas en los intereses de los intelectuales, estaba implícita
una intensa búsqueda de la identidad (quizás proveniente del mismo origen de la
sociedad mexicana, como un “encuentro entre dos mundos”). Desde luego, la
identidad no necesariamente debe ser unívoca, unidireccional y total. La
identidad puede abarcar diversas perspectivas, opiniones, ideologías,
tradiciones, cosmovisiones. Sin embargo, de alguna manera, siempre ha sido más
fácil simplificar la realidad y abordarla con absolutismos de todo tipo. En
este caso, pareciera que para las instituciones políticas del siglo XX era
particularmente importante abordar a la sociedad mexicana como una unidad.
Primero con la dictadura de Porfirio Díaz, después con el sistema de partido
hegemónico encabezado por el PRI.
Como buena dictadura, el porfiriato buscaba
sostener su posición a través de una filosofía que le diera cierto orden y
justificación al régimen, y que lo apoyara a generar unidad entre los
mexicanos: el positivismo. El PNR-PRM-PRI, como expresión política de los
vencedores de la Revolución Mexicana,
también quiso hallar una explicación ideológica que aglutinara a la sociedad
mexicana, así como él mismo pretendió hacer al convertirse en un “gran
paraguas” que abarca a todos. Para ambos gobiernos, la necesidad de un factor
de unidad en los mexicanos parece, de cierto modo, muy relevante. Por lo pronto
dejaré de lado este debate y me enfocaré a notar las diferencias entre las
visiones filosóficas del siglo XX con las visiones empíricas de finales del
siglo XX e inicios del XXI. No obstante, dejo esta contextualización histórica
como una posible explicación a los ensayistas del siglo XX de cómo estos
intelectuales pretendieron abordar la realidad mexicana.
En una reseña que hace Federico Reyes Heroles
sobre el trabajo de Enrique Alduncín, o Los valores de los mexicanos, afirma
que la postura asumida en contra la época del porfiriato y el positivismo
influyó en una actitud antiempírica a lo largo del siglo XX.[2] Ante
esto, pareciera que finalmente se nos abren los ojos y acudimos directamente a
la fuente, es decir, preguntamos a quienes conforman al “mexicano”. Así, Reyes
Heroles dice de la obra de Alduncín (y yo me atrevería a extenderlo a todas las
explicaciones empíricas sobre cultura política realizadas hasta la fecha):
La primera aportación es luchar contra la
tradición antiempírica. La segunda aportación, que rompe con una cultura
autoritaria, es la de preguntar a los hombres y mujeres de este país sobre
ellos mismos. Pero esas preguntas heréticas y sus respuestas en porcentajes se
enfrentan por ello a uno de los grandes lastres nacionales. Me refiero a la
mitología mexicana.[3]
Coincido en esto con Reyes Heroles, aún cuando
sus conclusiones, en esta misma reseña se hayan quedado imbuidas por otro gran
mito en México, que a la postre habría de confirmarse: el paso a la modernidad
en nuestro país. Sin embargo, bien cierto es que, gracias a los estudios
empíricos basados en encuestas, se tira el mito de algún carácter unificador en
los mexicanos, mostrando que la única realidad en el país es la de la
pluralidad. Ese ente que llamamos “el mexicano” es demasiado complejo como para
reducirse a una sola cosa.
Un ejemplo de la postura antipositivista es el
de Antonio Caso, quien desde la década de 1920 advierte la falta de cohesión y
homogeneidad en los mexicanos, en contraste con el afán unificador de las
teorías positivistas (uno de cuyos representantes es José Vasconcelos, quien
lleva a tal punto su propuesta universalista y sintética que propone la figura
de una “raza cósmica”). No obstante, para Antonio Caso, la falta de
homogeneidad en la cultura del mexicano es preocupante e indeseable, sobre todo
porque, ante ella, la democracia jamás tendrá cimiento en la sociedad mexicana.
Así que, al final de cuentas, Caso deja ver una aspiración a la unidad de
identidad en “el mexicano”, en este caso para el fortalecimiento (o, mejor
dicho, el surgimiento real) de las instituciones democráticas.
Así, en la búsqueda de la identidad del
“mexicano”, nos podemos topar con ideas recurrentes en los autores. Entre ellas
está la cerrazón del mexicano (en varios sentidos), la cual era una de las
características más señaladas en los trabajos filosóficos del siglo XX, como un
interesante factor para la excepcionalidad del caso mexicano. Así, quizás, se
justificaban los sistemas políticos que vivió nuestro país, desde la dictadura
porfirista hasta el autoritarismo del sistema de partido hegemónico.
No era raro toparse con ideas como la del indio
prácticamente insensible o el mestizo cauteloso con la exposición de sus
sentimientos, que esgrimía el filósofo positivista Ezequiel Chávez a principios
del siglo pasado. O “Las máscaras de la hipocresía” de Rodolfo Usigli. Y la que
quizás sea la más conocida: la proposición de Octavio Paz en El laberinto de la soledad, donde “el
mexicano” parece relacionarse en una cultura de “lo abierto y lo cerrado”. El
análisis que hace Paz de la palabra “chingar” y su significado en torno a lo
abierto es particularmente relevante para entender por qué la aberración del
“mexicano” a abrirse.[4] En
cierto sentido, propone Paz, quien se abre (en sentimientos, en este caso,
aunque aborde también desde otros puntos el asunto) termina perdiendo su
dignidad y, llevado el extremo, su identidad de “mexicano” (como podría
entenderse su apertura a otra cultura, en el caso del “pachuco”).
En fin, estos autores dieron distintas
respuestas o salidas a la cerrazón del “mexicano”, casi siempre concernientes a
los excesos de la fiesta o de hechos inesperados. Por citar algunos ejemplos,
Julio Guerrero aborda la explosión de las “pasiones mexicanas” en los excesos
del alcohol, Jorge Portilla nos habla de la “filosofía del relajo”, Octavio Paz
de la Fiesta o
la Muerte. Así,
el “mexicano” logra liberarse de toda la atadura y ser tal cual es, mostrando
su verdadero “yo”, siendo y no fingiendo. Ante situaciones específicas y, se
podría decir, aisladas, “el mexicano” se libera. Pero éstas eran únicamente las
apreciaciones abstractas y al aire de varios pensadores que, aunque coincidían
entre sí, no tenían un fundamento empírico, que pudiera considerase
estrictamente científico y fundado en la realidad.
La llegada a México de las encuestas
independientes, a fines del siglo XX, como instrumento fundamental para la
investigación sobre opinión pública, se convierte en una especie de desafío
para el sistema político dominado por el PRI. Evidentemente, ante este ambiente
de un partido hegemónico amenazado por las condiciones reales de una incipiente
pluralidad a finales de la década de 1980, era de esperarse que todo aquello
que atentara contra esa hegemonía no sólo fuera visto con recelo sino que sería
combatido. En un principio, la función de las encuestas se encaminó básicamente
a conocer el comportamiento electoral en nuestro país. Pero, la llegada de
teorías de opinión pública que hablan de un cambio generacional y de valores
sirvió para analizar el caso mexicano desde una óptica más “realista”, por tener
una verificación empírica y más “aterrizable” en los hechos.
Ronald Inglehart propuso en su obra Modernization and Postmodernization una
diferenciación entre los valores modernos (materiales) y los valores
posmodernos (no materiales, como la libertad). Este autor dice que el paso a la
modernidad es lo que se busca en las sociedades preindustriales, a través de la
industrialización, la secularización, la urbanización, entre otros. En este
mundo moderno, la autoridad recae, esencialmente, en el Estado. En la
posmodernidad, que no es sino producto de cierta seguridad económica, se tiene
un interés en el “bienestar” del individuo, desde lo subjetivo (como
libertades, democracia, participación). Además la autoridad para a ser el
individuo y se enfoca en los asuntos de éste. Así, Inglehart, al hacer el
análisis sobre cuarenta y tres sociedades, se encuentra con cambios
generacionales con respecto a los aspectos valorativos. Creo que aquí hay un
punto relevante para el debate sobre la investigación de opinión pública: en el
uso mayoritario de encuestas, principalmente.
Supongo que este vuelco hacia lo posmoderno en
las naciones desarrolladas, con su inherente afán individualista, permitiría
justificar el uso mayoritario de encuestas en la investigación de opinión
pública. ¿Por qué? Porque al tener un instrumento como la entrevista se puede
captar mejor ese “bienestar” en las culturas posmodernas, cuya composición
recae en el individuo. Todo esto va de la mano de una lógica que supone a la
opinión pública como la agregación de opiniones individuales.
Alejandro Moreno, quien enarbola una posición
empírica para recabar datos sobre la cultura política mexicana, a través del
uso de encuestas, es un autor que se ha dedicado a desentrañar los valores de
los mexicanos y la cultura política en México en los últimos años. En su El volante mexicano vemos que a menudo
la obtención de estos datos ofrece reflejos inquietantes de la realidad. Así,
podemos ver que las encuestas nos muestran una sociedad que tiende a la
democracia (en diversos sentidos) y que la alternancia política ayuda a
fortalecer esta tendencia. Por supuesto, esto implica mayores libertades para
los mexicanos, en comparación con unas décadas antes. Sin embargo, Moreno
señala que “ante tal libertad y ante tal sentido de responsabilidad, han
resurgido los miedos y el deseo de reafirmar la identidad propia”.[5] Dentro de toda esta felicidad, surge la
inseguridad y, con ello, renacen los sentimientos nacionalistas y, como era de
esperarse, las desconfianzas. También nos demuestra que, aunque el mexicano
valore mucho la democracia, su tasa de satisfacción respecto a ésta es una de
las más bajas comparativamente. Por otro lado, podemos ver que la intolerancia
aún domina a gran parte de la sociedad mexicana. La mayoría de los mexicanos
dicen estar de acuerdo con la existencia de ideas distintas, pero también
opinan que sería mejor una homogeneidad en ellas. Situaciones contradictorias,
directo de la experiencia real.
Después, Moreno actualiza el análisis de los
valores de los mexicanos a principios del siglo XXI. De hecho, continúa el
trabajo iniciado por Alduncín, mencionado líneas antes, en la serie de Los valores de los mexicanos. En este
tomo titulado Nuestros valores, Moreno
tira por la borda el último de los grandes mitos de la cultura política
mexicana, que en mi opinión representa la entrada a la modernidad en México.[6] El
hecho es que, de alguna manera, aun cuando “el mexicano” le da mayor valor a
características posmodernas como la libertad, no se ha liberado (¿o será exorcizado
para algunos?) de muchas de sus añejas tradiciones. En mucha variables, el
“mexicano” ha vuelto a posiciones más tradicionalistas, auque también, por otro
lado, poco a poco se vuelve más tolerante. Como dice Moreno, “hacia la
modernidad y de regreso”, haciendo una referencia a las proposiciones que se
enunciaban en los primeros tomos de la serie los valores de los mexicanos, encabezados
por Alduncín. Todo su argumento en este libro, me parece queda muy bien
resumido en el siguiente párrafo:
El cambio de valores que han experimentado los
mexicanos durante los últimos veinte años apunta, como se ha mostrado en este
libro, hacia el reencuentro con el nacionalismo en una era de globalización,
hacia el resurgimiento de la espiritualidad en un mundo que se diversifica,
hacia el replanteamiento de la deferencia en un país que transitó del
autoritarismo a la democracia y, sobre todo, el gradual reemplazo de una
cultura de supervivencia por una cultura de expresión propia y de aprecio por
la libertad de elegir.[7]
La libertad, quizás muy ansiada, que vinieron a
encontrar los mexicanos es el punto de cambio en sus valores. Al parecer, tras
encontrarse con que su libertad les permite decidir sobre sus propias vidas
–política, social o culturalmente- los mexicanos no están dispuestos a ceder un
ápice de lo ganado. En el valor que le da a la libertad, “el mexicano” de
principio del siglo XXI muestra su realidad “posmoderna”, en el sentido
expuesto por Inglehart. Desde luego, buscan la seguridad “en casa” retornando a
lo tradicional (el retorno a la espiritualidad, la deferencia por la autoridad,
el nacionalismo, entre otros), pero la libertad ganada no la devuelven, más
bien la ensalzan, la glorifican. ¿Será acaso que la “mitifican”?
Me parece que en el pensamiento de Carlos
Fuentes, otro de esos intelectuales inquietos con la búsqueda del “mexicano” ya
había algunos atisbos sobre la inminente importancia que habría detener la
libertad, cuando en 1971 publica “Tiempo mexicano”:
Esta profunda inquietud acerca de su propia
libertad –acerca de su necesidad y de su libertad probables- es lo que hace de
México un país peligroso, un país apasionado. A fin de descubrirlo sin engaños,
México –como una calavera de Posada, como un monstruo de Cuevas- tiene que
saltar con un grito desgarrante de la orilla de la necesidad a la orilla de la
libertad: libertad política, cultural, personal, económica.[8]
Así las cosas, los estudios empíricos a través de
encuestas nos han permitido captar, directamente de las personas y sus hechos,
la realidad valorativa del “mexicano”. Pero no un “mexicano” homogéneo, en todo
caso, simplemente, mayorías valorativas entre los mexicanos. Lo cual es
significativamente distinto y acaba con el mito unificador, afirmando, por el
contrario, la realidad plural de nuestro país. En estas mayorías valorativas,
encontramos, gracias a la obra de Moreno, la existencia de un “mito” en el
mexicano, entendido como lo decíamos en un principio, una característica
sostenida en alta estima: la libertad. Para 1981, 34 por ciento de los
entrevistados decían sentir mucha libertad para elegir y control sobre su vida.
Para 2003, 59 por ciento así lo consideran.[9]
Es importante mencionar que al parecer, la
“cerrazón del mexicano” persiste. Seguimos siendo, en perspectiva comparada,
una de las sociedades más desconfiadas y con menor capacidad de generar capital
social. El porcentaje que dice poder confiar en la mayoría de la gente, en
2003, es de 10 por ciento.[10] Y,
como decían algunos autores filosóficos del siglo pasado, la confianza sólo se
genera en la familia.
Noventa y ocho por ciento de los entrevistados
consideran muy importante el aspecto familiar.[11] Estos
dos puntos, entonces, se podrían ver reafirmados gracias a los estudios
empíricos, dando parcialmente la razón a los intelectuales del siglo XX en sus
aproximaciones al “mexicano”. Parcialmente, pues no hay un “mexicano” como tal,
algo que se han confirmado los ejercicios basados en encuestas. En el mejor de
los casos, hay mayorías que sustentan ciertas posiciones valorativas-culturales,
mas no es posible imaginar una “homogeneidad nacional” en los valores y
actitudes de los mexicanos.
Supongo que, al final de cuentas, los estudios
empíricos basados en encuestas, nos han ayudado a ver cuáles de aquellos mitos,
de aquellas ideas que pudieran ser sobredimensionadas, presentes en los autores
del siglo XX, son en realidad eso, mitos. O si, por otra parte, en realidad se
ajustan a la realidad de los mexicanos y pueden considerarse verdaderas
características “míticas” del “mexicano”. Cabe aclarar que, en todo caso, son
“míticas”, para las mayorías, no de una forma unánime y universalistas que
pueda darle una forma única a algún “ente mexicano”. Esas características
“míticas”, ideas con alta estima y compartidas por las mayorías, quizás
definitorias en varios temas, son, como hemos expuesto en este texto, la
libertad y la cerrazón. Y, por supuesto, la conciencia que se logra a partir de
los ejercicios de encuestas –la única de la que podemos estar seguros, por
decirlo de alguna manera- es la de la pluralidad mexicana. Así pues, un “mito”
derrocado es la existencia de un ente que aglutine y logre la homogeneidad de
todos los mexicanos. Sobrevive, como
hecho, la pluralidad mexicana. Quizás la respuesta a esta pluralidad
está en la inclusión y la tolerancia. Llevada más allá, dicha respuesta debiera
ser la unión de la innegable necesidad de empirismo con la capacidad
imaginativa de los primeros ensayistas sobre “lo mexicano” del siglo XX. Desde
mi punto de vista, la reconciliación y la complementariedad que puedan lograr
ambas corrientes, para sortear mutuamente sus fallas, sería una magnífica
aportación a la búsqueda del “mexicano”. Mejor aún, dados los descubrimientos
empíricos, la búsqueda de “los mexicanos”.
[1] Para una selección de varios textos al respecto, véase Roger Bartra (selección
y prólogo), Anatomía del mexicano, Random House-Mondadori, México, 2005 (De
Bolsillo).
[2] Federico
Reyes Heroles, “Los valores de los mexicanos”, Vuelta, núm. 214, septiembre de 1994, p. 48.
[3] Federico Reyes Heroles, op. cit.,
p. 49
[4] Octavio Paz, El laberinto
de la soledad, 11ª ed. (edición de Enrico Mario Santí), Cátedra, Madrid, 2003,
pp. 211-217.
[5] Alejandro Moreno, El votante mexicano: Democracia, actitudes
políticas y conducta electoral, FCE, México, 2003, p. 222.
[6] Alejandro Moreno, Nuestros valores. Los mexicanos en México y
Estados Unidos al inicio del siglo XXI; t. VI, Los valores de los mexicanos, División de Estudios Económicos y
Sociopolíticos Grupo Financiero Banamex, Colección Banco Nacional de México,
México, 2005.
[8] Carlos Fuentes, “Tiempo
mexicano”, en Roger Bartra (selección y prólogo), Anatomía del mexicano, op. cit., p. 258.
